Un amigo, de los de la infancia, se empeña en convencerme de que su gatito Dora, al que rescató de la muerte y que felizmente vivía con él, no se ha suicidado. La crisis acabará con todos los gatos, machos y hembras, de las grandes ciudades, principalmente por que no hay granjas donde cazar ratones; las ratas de las alcantarillas son peores que ellos.
Cazando ratones viven los jueces porque no se atreven, cual monarca, a cosas mayores y así la crisis económica hace más grande la crisis de la justicia, que tampoco puede con los políticos que finamente emulan al Dioni.
Y en la cabecera de todos los titulares de la prensa, que no atino a leer por que los pensamientos de los dos anteriores párrafos me despistan, me entristece la muerte de Donna Summer que nació en el frio Boston un día de nochevieja del año 48 y nos dejó su último aliento ayer. Como ella, van cayendo los viejos símbolos de una Europa soñadora, con más o menos crisis pero con la misma dosis de ilusión que un indignado, al que el piloto de helicóptero le aguarda cada noche en el cielo de mi casa esperando no sé que orden contra él.
Así se suceden los días, y la extinción continua, hay más cloacas revueltas y mucha cacofonía. Interesa el ruido estridente de las noticias manipuladas, el que atemoriza al pueblo. Pero la vida seguirá sin Donna, con o sin gatos, y sin justicia para que al final solo nos quede una generación sin convencimiento, una generación perdida en manos de ladrones de furgones, a los que lo mejor que les puede pasar es que les quede algún amigo de la infancia para que les consuele cuando una gato se les caiga por la ventana.

